Cada noche inunda mis sueños un encuentro muy singular que hace que me despierte inquieto:
en algún salón (¿del paraíso?) Marcel Proust y Oscar Wilde se encuentran, se miran, se sonríen, intercambian las flores de sus respectivos ojales, y cada vez que Oscar está por decirle algo al gentil Marcel, aparece Manucho Mujica Láinez y pide un brindis por ambos.
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