viernes, 1 de noviembre de 2013
Informe sobre uno de los cuatro elementos
A Yesica Morla Varela
Ex umbra in solem
"Batracio insectívoro de piel lisa, de color negro intenso con manchas amarillas simétricas". No, no, este diccionario adolece de una exigüidad alarmante, es mucho más que eso. Plinio (Historia Natural, X) aporta más datos, y yo le creo. Dice que es tan fría que apaga el fuego con su mero contacto, aunque once capítulos después se arrepiente y observa que si tuviera de veras esa virtud, la usaría para sofocar los incendios.
Por lo demás, en la misma obra nos informa que ciertos magos de Chipre han encontrado un ser alado y cuadrúpedo que vive en el interior de las fundiciones. Luego agrega que basta con que emerja al aire para que caiga muerto. Yo me pregunto, ¿puede un cuerpo perpetuarse en el fuego?
La pregunta es buena pero no soy el primero en formularla y menos aun en responderla (mi nombre es Nadie). La recoge nada más y nada menos que San Agustín (Ciudad de Dios, XXI):
"¿A qué efecto he de demostrar sino para convencer a los incrédulos de que es posible que los cuerpos humanos, estando animados y vivientes, no sólo nunca se deshagan y disuelvan con la muerte, sino que duren también en los tormentos del fuego eterno? Porque no les agrada que atribuyamos este prodigio a la omnipotencia del Todopoderoso, ruegan que les demostremos por medio de algún ejemplo. Respondemos a éstos que hay efectivamente algunos animales corruptibles porque son mortales, que, sin embargo, viven en medio del fuego."
Magister Dixit. Sabido es que de los cuatro elementos del orbe, el fuego es el más prodigioso. Su poder atraviesa la Historia Universal bajo el ropaje de las diferentes mitologías, cosmogonías y teogonías.
Así, Thomas Carlyle -nuestro Carlyle, señores- al referirse al héroe considerado como divinidad, nos informa que en una variante del paganismo nórdico, los salvajes de las Islas de los Ladrones creían que el fuego, nunca visto antes por ellos, era un diablo (o deidad) que se alimentaba de leños secos y mordía ferozmente a quien lo tocaba.
En los misteriosos y hostiles poderes de las llamas moran los dioses, y ninguna trivialidad química logrará jamás que abandonemos la idea de que el fuego es una maravilla. Las llamas que acarician la carne, misteriosa criatura caliente en tanto elemento, están más cerca de Empédocles que de Robert Boyle.
Pero ni el gran Padre de la Iglesia ni nuestro Carlyle fueron los únicos en hablar del fuego y su misterio perpetuado. Como bien lo saben mis colegas, durante la Edad Media circuló una carta atribuida al Preste Juan y enviada al emperador bizantino. Allí, luego de hablar de un mar de arena con peces vivos, guijarros que alumbran la noche, hormigas que excavan oro, un río de piedra en el que beben los pájaros y otros tantos prodigios análogos, se agrega al catálogo un gusano que vive en el fuego y hace capullos; con ellos, posteriormente se tejen vestidos que para ser limpiados se arrojan a las llamas. Telas que se lavan con fuego...una maravilla! todo gracias a este ser que, como dijo Marco Polo, es menos un animal que una substancia. Señores, al igual que a Plinio, yo a Marco Polo le creo. No estamos ante un mero animal, estamos ante un espíritu. Un elemento increado que integra y mantiene el mundo, y que jamás morirá porque la Poesía lo salva.
La Poesía y yo, que lo estoy viendo en este preciso instante. Sí, estimados señores, delante de mi, en el crepitar de mi chimenea está mirándome mientras se alimenta (de fuego).
En realidad no tiene nada de extraño, creo yo. Si ya existen animales de la tierra y el agua, es posible (deseable) que existan animales del fuego. Con todo, no es fácil ver a estos últimos, se trata de una visión pocas veces permitida a los hombres. Si yo tuviera un hijo (bien saben ustedes que aún no he recibido ese milagro) lo pararía frente a este fuego y le daría un paliza para que esta admirable visión se le grabara en la memoria.
Pero los únicos testigos esta noche, somos la Poesía y yo. La Poesía y el fuego se llevan bien. Queridos colegas, les aseguro que una vez que la Poesía nos toca, es imposible no quemarnos. Ella, como el fuego, nos rodea y nos abraza, y el calor que al principio nos duele, enseguida nos cura.
Lo que yo estoy contemplando maravillado esta noche, también lo vieron los poetas en noches pretéritas. Homero y Virgilio, Shakespeare y Milton, Góngora y Dante, Mallarmé y Whitman; incluso usted, mi respetable caballero, no siempre abandonado por las musas, que quiso llevar el idioma español al duro latín de Séneca, ha defendido esta visión formidable.
A usted le hablo ahora, mi estimado señor, solamente a usted, Don Francisco de Quevedo. Lo que yo estoy viendo esta noche, usted ya lo grabó en versos. ¿Recuerda aquel soneto suyo grabado sobre el mármol? ¿Qué cantaban las hazañas del amor y de la hermosura?
La salamandra fría, que desmiente
Noticia docta, a defender me atrevo,
Cuando en incendios, que sediento bebo
Mi corazón habita, y no los siente...
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