martes, 13 de mayo de 2014
El visitante
Ad occasum tendimus omnes
Oscura está la tarde que ya casi es noche. Un rumor de grillos me llega y me conmueve. Justo a mi, que hace siglos que no me conmuevo. La ventana de mi habitación está abierta, así la dejaré, abierta de par en par. No encenderé las velas, esta noche no habrá lecturas, tampoco la construcción de párrafos encadenados cuya publicación me justificará ante las futuras generaciones. No me interesan las futuras generaciones, al menos no esta noche.
Los volúmenes encuadernados en seda de mi biblioteca parecen dormir profundamente. Ojalá yo pudiera dormir, ojalá pudiera escapar de mi cabeza y huir por el desierto, perderme hasta la sed, la locura y la muerte, ser un grano más de arena.
Correría sin rumbo, acéfalo, desesperado y decrépito; mis brazos caerían como rocas y yo sería libre, al fin libre y liviano como una pluma porque habría tramado la fuga de mi propia cabeza y sería como el condenado que sabe que será acribillado antes de alcanzar el alambrado de la prisión. Moriría en medio de una alocada carrera por escapar y estaría feliz, porque mi muerte sería mi epifanía. El sentido de mi vida revelado en un instante de vértigo. Sin duda esta misma noche escaparía de mi cabeza, solo bastaría verter en mi vaso de vino unas gotas del elixir que tengo entre las manos y luego me iría a dormir para escapar...
Pero no lo haré, porque esta noche tengo una cita, o mejor dicho, una visita. Por eso dejo la ventana abierta, por eso no enciendo las velas. Mi visitante tiene luz propia, cuando se presente ante mí, no podré confundirme, sabré que es él.
Cada rincón de este húmedo y oscuro cuarto quedará iluminado, hasta la última telaraña quedará expuesta ante su luz. Y su luz es tan fuerte que me dejará ciego. Así, erraré por esta habitación, completamente ciego, y mi mayor placer será el roce de la seda de los libros en las yemas de mis dedos. Las páginas se quedarán sin letras, los pájaros ya no tendrán cara, la nieve será como una tiniebla que me dejará el alma estremecida por el lento dolor de la penumbra.
¿Cómo hará para consolarse un hombre como yo, que vivió contemplando el mundo que otros soñaron y guardaron en los libros? ¿Cómo hará un hombre como yo para distraerse del mundo, si ya el mundo lo abandonó a él?
Cuando el visitante regrese, dentro de cien años, me hablará. Justo a mí, que no merezco sus palabras; y su voz será más fuerte que el trueno, tronará mi nombre estremecedoramente y me dejará sordo. Entonces el canto de los grillos ya no me conmoverá al atardecer. Ni siquiera sabré si es de día o de noche. Por más que grite, llore y me desangre, seré como una flor mutilada y tirada en el medio de un pantano.
Ciego y sordo, deberé esperar otros cien años para su tercera visita. Cien años en los que solo me quedarán torpes palabras arrastrándose en mi mente, cien años que serán equivalentes a las cien páginas de un libro apócrifo, porque lleva mi firma, pero no lo escribí.
En su tercera venida, el visitante entrará por la ventana, sentiré mucho frío, pero también alivio, porque la última página de libro apócrifo será arrancada y la fidelidad del visitante me redimirá. Una vez en mi habitación polvorienta, oscura y silenciosa, él tomará mi mano lentamente y esta quedará seca. Así conoceré al fin el sentido de mi vida, recibiré con alivio el ocaso que espero desde el día de mi nacimiento. Traspasaré el umbral acerca del cual escribieron los profetas. Porque todo mi cuerpo se irá secando hasta quedar hecho puro espíritu. Un espíritu luminoso, poderoso y libre.
Entonces yo lo visitaré a él, yo seré el visitante.
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