martes, 16 de septiembre de 2014
Hierba rodeada de fuego
(...) or will endure
Like her remembrance of awakened birds.
Wallace Stevens
En la penumbra de la cocina, en el rincón que apunta hacia el arroyo, se amontona la leña. Con unos troncos más será suficiente por hoy, para el leñador ha sido un día muy largo. La cabaña está en silencio y oscura, todo el lugar huele a madera, tabaco y hojas de té. La estructura de piedra y quebracho colorado infunde respeto en el medio de un bosque solo habitado por pájaros y el agua clara y mansa que corre a pocos metros de allí. Esta es una tarde particularmente ventosa, de hecho sopla un viento bastante fuerte, hace mucho frío afuera y está nublado.
Luego de entrar los últimos troncos, el leñador se dispone a encender un viejo farol oxidado que le compró a un anticuario del pueblo. Como tiene poco gas en la garrafa también encenderá dos lámparas a kerosene para iluminar la cocina. Esta tarde necesita la cocina, ya puso a calentar el agua para el té, las hebras esperan en la taza de losa. También ya están los scones listos para meter al horno. A ella le gustaban mucho los scones que él le preparaba, tanto como a él la tarta de manzanas que ella le hacía para su cumpleaños. O la tarta de cerezas y chocolate blanco con la que lo esperaba en Nochebuena.
En la mezcla de azul y gris del atardecer, el leñador se mira en el espejo. Es un hombre con el rostro bañado por una frondosa barba color miel que resalta la melancolía de sus ojos negros. Tantas veces las manos blancas de ella acariciaron esa barba, tantas veces. La extraña mucho, la recuerda siempre. Especialmente al atardecer, cuando luego de cortar la leña y de bañarse, entra a la cocina a preparar el té.
Recuerda aquella tarde en la que se quedó como hipnotizada en el marco de la ventana viéndolo cortar leña. Luego de eso se quedó hipnotizada en el marco de la puerta de la cocina viéndolo cocinar los scones. Doblemente enmarcada e hipnotizada en la misma tarde. Lo recuerda muy bien, cómo olvidarlo. En esa ocasión celebraban el nuevo empleo de ella en el observatorio astronómico del pueblo, que queda a unos 35 kilómetros de la cabaña. Nada mal para una profesora de matemáticas enamorada de las estrellas, del universo y sus alrededores (y del leñador, pero para mirarlo a él no necesitaba fórmulas matemáticas ni telescopios, aunque a veces...pensaba que sí necesitaba).
El leñador cierra los ojos y la ve, sentada en la mesa de madera rústica, con la lámpara a kerosene a su lado mientras él le unta un scone con manteca. Flaca, alta y pelirroja, con esos ojos verdes que daban la sensación de hierba rodeada de fuego.
Esa vez le habló de la teoría de Bayes, que defiende un tipo de estadística en la que la probabilidad se basa en datos numéricos concretos y reales. Sin apartar los ojos de los scones, ella le explicó las diferencias existentes entre la estadística tradicional y la probabilidad subjetiva, y de cómo las creencias (grados subjetivos) se pueden tratar como probabilidades matemáticas. Un estornudo del leñador fue suficiente para que ella interrumpiera la explicación. Pero no se dio por vencida porque ya en la cama recordó el cautivador teorema de Pick que proporciona un medio para calcular el área encerrada por una figura de muchos lados (poligonal) formada uniendo puntos cuyas coordenadas son números enteros.
-La clave está en los puntos individuales de interés- agregó entusiasmada.
El leñador se tomó tan en serio eso de los puntos individuales de interés que comenzó a buscarlos con sus propias manos en el cuerpo de ella, quien muy pronto olvidó el teorema, al bueno de Mr. Pick, la geometría reticular, el té, los scones, la leña, la cabaña, el arroyo, el universo y un largo etcétera. Aquella noche el bosque se derritió con los gemidos lastimeros de ella "amor...amor...amor..." y los pájaros se estremecieron con los rugidos leoninos de él "aquí estoy...aquí estoy...aquí estoy..."
De pie en la cocina, completamente solo, mientras el viento juega con la puerta del granero, el leñador baja la cabeza y distingue unos círculos mojados en el piso. Sabe que esos círculos bajan de sus ojos, pero prefiere pensar que es la taza que gotea por la base. Cada círculo contiene un recuerdo, hoy son muchos los círculos.
Cierta madrugada de verano en la que no podían dormir, se pusieron a hablar de los sueños. Allí estaban los dos, acostados mirando el techo, sin poder dormir y hablando de sueños.
-Los sueños son un verdadero misterio- propuso ella. Un misterio a la vez que un motor que nos impulsa. Cuando todo parecía indicar que se aproximaba una detallada explicación científica sobre el tema (él ya tenía preparado el estornudo, por las dudas) ella se quedó callada.
Entonces habló él, le dijo que "los sueños son acertijos que llegan volando desde el fondo de tu mente. A veces producto de un té muy cargado o un scone con demasiada manteca." Ambos rieron con ganas. Pero ella se refería a otra clase de sueños, los sueños que ayudan a vivir, el combustible imprescindible para recorrer un mundo cuyos caminos muchas veces están llenos de clavos. Sueños que se quedan junto a nosotros en el instante mismo en que despertamos de la noche oscura y dejan huellas en el alma.
Los sueños nos ayudan a vivir, le dijo ella en un susurro y le tomó la mano en un amanecer de verano tan inolvidable, con tantas huellas de sueños, con tanta silenciosa música en la penumbra, y con tanto olor a incienso en el aire que parecía que la cabaña no estaba en el bosque sino en el cielo.
-Sí, amor, cuánta razón tenías. Los sueños nos ayudan a vivir- Piensa él, ahora en la soledad de la noche invernal, mientras toma un poco de té con la mirada fija en el fuego de la chimenea. La soledad lo lastima como un vidrio filoso, siente como si estuviera viviendo dentro de un cuadro de Hopper.
De nuevo lo invade el recuerdo, que lo atropella como un caballo ciego.- Los sueños son sensaciones compartidas que llevamos debajo de la piel. Es lo que nos hace ser quienes somos. ¿Y quiénes somos? Desearía que estuvieses aquí, amor. Comenzarías a darme una explicación científica acerca de quiénes somos. Yo te interrumpiría con un estornudo, me pegarías en el pecho, enojada y divertida, y entonces te abrazaría tan fuerte que tus partes rotas se juntarían de nuevo. ¿Quiénes somos?-
La cabaña entera ya está llena de círculos mojados. Son demasiados caballos ciegos. Lo atropella uno más; porque particularmente memorable fue aquella cena de Acción de Gracias en la que ella invitó a su compañero del observatorio, un tímido astrónomo calvo y con mal aliento que les habló toda la noche de Huygens y el reloj de péndulo. El leñador la miraba a ella y ella lo miraba a él, pero ninguno de los dos se decidía a estornudar. Las miradas oscilaban como el péndulo del holandés hasta que a ella se le ocurrió interrumpir al compañero diciendo que a veces la luz es entendida mejor como un chorro de partículas, tal como propuso Newton. Aunque probablemente tuviera razón Huygens al proponer que la luz es una serie de ondas que surgen de una fuente. En cualquier caso, si uno desea comprender la luz, debe estar dispuesto a cambiar de un punto de vista a otro. Todo depende de la situación. Eso es oscilar, eso es un péndulo.-
El leñador, que había ido a la cocina a buscar otra botella de vino para acompañar el tiramisú, se estremeció al escucharla. En ocasiones como esa, cuando la veía interactuar con los demás, se daba una cabal idea de cuánto amaba a esa mujer.
Pero él también tenía lo suyo, seguramente no era tan lúcido como ella (su inteligencia era más bien de índole práctica) pero era perfectamente capaz de cortar leña con ferocidad, cargarla a la camioneta y llevarla al pueblo; volver y cocinar los scones, untarlos con manteca y tenerlos preparados con el té caliente para cuando llegaba ella del observatorio. Entonces se sentaba a su lado y la miraba. Y ese hombre rústico se convertía en paloma, y cuando le acariciaba la mano áspera, o recorría con sus dedos el tatuaje de la serpiente que se devora a sí misma del brazo derecho, la ternura de sus ojos negros desmentía la ferocidad de su barba. Entonces ella le recordaba que jamás había visto antes a un hombre con un lunar en el ojo. -Pero yo no soy cualquier hombre- le respondía él muy serio. Era una seriedad que invitaba a reír. Así era siempre todo, tantas risas mudas, tantas miradas cómplices, tantas huellas, ninguna cicatriz. El viento sigue soplando fuerte, el silencio del lugar acentúa el ruido de la puerta del granero que sigue golpeando. Tendrá que salir para cerrarla bien, no queda más remedio. Completamente solo en medio del bosque, él, los círculos mojados y los caballos ciegos. Caballos ciegos...¿Qué le hubiera dicho ella sobre esa frase? ¿Será que tiene el talento de un poeta? Ya cerró la puerta del granero, también corrió las cortinas, ya llegó la noche. El libro de Hofstadter sigue abierto sobre la chimenea. Parece un dios múltiple, silencioso y suficiente, rodeado de Gödel, Escher y Bach nadando entre las páginas junto a Alicia, la liebre y el sombrerero loco. A ella le gustaba tanto ese libro, su cara se ponía más roja de lo que ya era por el entusiasmo que le invadía al hablar de todos esos fascinantes juegos matemáticos con el tiempo, las dimensiones y la música.
El leñador está cansado, tiene sueño. Hoy fue un día muy largo, con mucha leña cortada. Apaga el farol oxidado, también una de las lámparas a kerosene (ya es costumbre dejar una encendida). Retira el agua del fuego, acaricia con la yema de los dedos los scones recién horneados y se va al dormitorio. Se desviste lentamente, se acuesta y se demora unos instantes escuchando el sonido del viento. Divisa por la ventana (la ventana del dormitorio no tiene cortina) una estrella solitaria brillando en el cielo. La mira y se pregunta si será la misma que miraban juntos. Su recuerdo aparece una vez más. Ella solía darle una explicación físico-matemática acerca de la temperatura de las estrellas y sus ciclos vitales, basándose en el diagrama de Hertzsprung-Russell que relaciona la luminosidad de las estrellas con la temperatura de su superficie; explicación que él interrumpía con el oportuno y ya clásico estornudo que la hacía sobresaltar y llorar de risa. Entonces olvidaba la explicación sobre las estrellas y frotaba sus pies contra los de él hasta que se quedaban dormidos.
-Ya basta de recuerdos- se dice el leñador a sí mismo. -Es tarde y necesito descansar-. Los ojos le brillan en la oscuridad hasta que le arden y los cierra. No tardará en dormirse, solo es cuestión de dejarse llevar por el sonido del viento.
Entonces cuando él se queda dormido, ella se levanta, se viste, lo mira con infinita ternura, con un profundo amor contenido en sus ojos, lo tapa bien para que no sienta frío, y se va a la cocina a tomar el té.
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