Estoy frente a una vieja fotografía de una ciudad, con una calle en el medio, intacta y brillante, limpia y entera, pero vacía y silenciosa. Esta calle parece un río. Comienza en la parte inferior de la foto, al centro, y sube partiendo a la ciudad en dos mitades. Ambas son grises y la calle/río parece una cinta de acero.
Sobre la derecha puede distinguirse un jardín delante de una casa de color blanco pálido. Las flores son oscuras y están ordenadas en filas. A lo lejos se parecen a soldados en un desfile.
Hay pocos árboles, solo tres, esparcidos en la mitad izquierda sobre lo que parece ser una pequeña colina con abundante vegetación de un color oscuro. Este hecho resulta bastante extraño, ya que la mitad derecha (que no tiene árboles) está sin embargo cubierta por una alfombra de hojas secas. Son de color claro y le otorgan al paisaje una intensa melancolía.
Pero la calle del medio es lo mejor de la foto. Limpia y acerada, está como recién barrida y pintada. Ni siquiera las vías del tren que atraviesan ambas mitades de la imagen y culminan en una estación pintada de un color que adivino verde (la foto es en blanco y negro) lucen tan limpias y simétricas como la calle del medio. Parece la hoja de un cuchillo visto de lejos, o un riel visto de cerca.
Esta última imagen me recuerda una época de mi vida en la que esperaba cada tarde el autobús en la puerta de una antigua estación de tren. Una hermosa construcción de madera que tenía en la entrada unos rieles atravesados traídos de Inglaterra a principios del siglo veinte. La gente solía sentarse sobre ellos mientras aguardaba la llegada del ómnibus. Por mi parte, cada vez que miraba de cerca esos rieles con sus inscripciones en inglés, atravesados cada tanto por alguna hormiga, pensaba que allí había todo un mundo.
Lo mismo siento ahora, mientras observo esta vieja fotografía de una ciudad con su calle del medio tan brillante como vacía. No puedo dejar de mirarla. Es como un retrato que a su vez me mira. Mirar y ser mirado. No puedo mirar sin que eso me mire, pero por más que mire no surge nada. Estoy mirando la nada, la cosa misma que no surge.
Estoy de pie mirando la fotografía con su calle del medio esperando que algo emerja de la profundidad. Pero nada emerge de la profundidad. Todo está allí, en la superficie. La superficie es el fondo, y el fondo es una mirada. La fotografía entera es como un gran ojo. No puedo mirar la foto sin que ella me mire. Se vuelve hacia mí, no es algo que tenga enfrente mío, sino adelante (por momentos temo seguir mirando, la fotografía parece querer exponer mi desnudez).
Al igual que en ciertos retratos holandeses, aquí la ciudad de la foto se inventa a sí misma.
¿Y si dejo de mirarla?
Está oscureciendo en la ciudad. La calle del medio ya está iluminada. Deberé hacer lo mismo aquí, ya es hora de que encienda las luces. Es momento de alejarme de esta ventana por la que he visto, detenido el tiempo, la calle del medio.
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