martes, 21 de octubre de 2014

En las ruinas de la ciudad de piedra



                                                                              How do you know but every bird that cuts the airy
                                                                                                                                                      /way
                                                                              Is a inmense world of delight, close by your
                                                                                                                                          /senses five?

                                                                                                                                    William Blake


Solo quedaron unos pájaros y un caballo. La construcción del muro, obra de los gigantes, fue admirable. Pero la fortaleza se desplomó, sus torres se derrumbaron, sus techos cayeron. No se sabe bien la razón, los pájaros más viejos aseguran que fue un dios, pero el tiempo aún no ha dado respuestas, solo ha carcomido los tejados y despedazados los cobertizos.
Donde una vez hubo piedra labrada, hoy queda solamente polvo. Los que concibieron y ejecutaron la obra hace mucho que partieron. Se cree que fueron en busca de las entrañas de la tierra, o tal vez del mar.
Lo cierto es que el muro, cubierto de musgo y manchado de púrpura, resiste las tormentas con el mismo valor con que alguna vez resistió viejos embates bíblicos. Solamente un gran arco, que ha visto marchitarse generaciones de reyes, cayó.
El resplandor de una mente imaginativa que solía vagar por las ruinas con un libro en la mano, logró consolidar los cimientos con hierro. Ni los pájaros ni el caballo se lo agradecieron.
Antes de la caída todo brillaba en la ciudad de piedra. El regocijo voluptuoso de los hombres inundaba los recintos donde se bebía hidromiel. La muchedumbre embriagada, cuyo rumor agitaba los aposentos, danzaba en un ritual que tenía al placer como única condición de posibilidad. Todo resplandecía, todo era vasto y dorado. Entre el esplendor del oro y la soberbia del vino, el corazón de hombres y mujeres gozaba tras los muros de las casas de piedra. Pequeñas uvas rojas pasaban de labio a labio mientras que sensuales látigos chocaban contra los cuerpos calientes en una coreografía cargada de erotismo.
Pero alguien, ¿Dios? ¿Hado? ¿Destino? ¿Hombre? destruyó todo. Según dejaron escrito algunos pájaros, en las calles se escuchó el sonido atronador de siete trompetas de cuerno. Cuando las trompetas cesaron, se oyeron los aullidos de los hombres, mujeres, niños, ancianos, vacas, ovejas y asnos que iban pasando por el filo de las espadas de los guerreros santos. El oro y la plata, el bronce y el hierro, las estrellas y los pájaros fueron testigos. (El caballo, en alguna ocasión, ha desmentido el texto escrito por los pájaros, acusándolo de apócrifo).
Lo cierto es que la muerte se propagó, arrastrando con su pestilencia la vida de los pobladores. La ciudad quedó sombría, con sus techos caídos y sus arcos vencidos. Ya no fluyen desde el manantial generosas corrientes de agua cálida. El pecho de la muralla ya no reluce. Solo quedaron los pájaros y el caballo, que también fueron muriendo.
Hoy tan solo quedó un pichón que ya está preparado para volar. Sin su familia y sin el caballo, cuando él abra sus alas y parta hacia el horizonte, las ruinas de la ciudad de piedra desaparecerán. Es el último pájaro de las ruinas. Volará, y todo un mundo volará con él. Porque eran ellos, los pájaros y el caballo, quienes salvaban las ruinas.
Al filo del alba, el tembloroso pájaro dormido despertará, abrirá sus alas y volará.
La memoria de la humanidad será un poco más pobre.

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