jueves, 12 de julio de 2012
Bruma sobre el río
Abrió los ojos y sintió la brisa de la tarde en su rostro, quiso ponerse de pie, pero la balsa era muy precaria y lo último que quería era caer al agua. No tenía idea de cuanto tiempo había pasado desde el ritual, solo sabía que el hecho de recordar la rebelión de los iniciados lo estremecía.
El mago se palpó el cuerpo, suspiró con alivio y agradeció a los dioses por tener la oportunidad de ver el atardecer, aunque fuera en el medio de un río expectante y filoso, como la mirada del iniciado que le perdonó la vida.
Sintió orgullo y nostalgia al recordar su propia actitud, antes de la rebelión, cuando no le temblaba la mano a la hora de yugular esclavos sobre la piedra musgosa de un anfiteatro en ruinas. Porque sabido es que todos los iniciados eran esclavos, marchaban sumisos rumbo a la piedra, con los ojos vacíos, entregados al destino impuesto por el insondable Dios sin rostro de los magos. Ellos saqueaban y diezmaban cada aldea con hierro y fuego, pero también con palabras, con promesas de salvación.
El viejo mago derrotado cierra los ojos para no ver tanta soledad. ¿Adonde se fueron aquellos días de gloria, cuando con el hacha en su mano obligaba a beber sangre de toro a los iniciados?
La embarcación va a la deriva y él quiere que así sea. A lo lejos se divisa una serie de montañas, se ven negras, heladas, rodeadas de una espuma blanca que de tanto en tanto desaparece.
La tarde por momentos se oscurece, por momentos se aclara, pero no son nubes las que causan esas sombras. Naturalmente lo son, pero el mago cree que no, sobre todo por el bramido que acompaña cada oscurecer.
La balsa está cada vez más cerca de las montañas y el mago se estremece. La negrura y el silencio le recuerdan aquel canto de una epopeya babilónica en el cual hombres-escorpiones, que de la cintura para arriba suben al cielo y de la cintura para abajo se hunden en los infiernos, custodian entre las montañas la puerta por la que sale el sol.
Al viejo le duelen los ojos. Hay bruma sobre el río. Parece imposible que el silencio pueda ser tan perfecto. Más aun teniendo en cuenta que el extraño ser encapuchado que está parado en la balsa acaba de moverse por primera vez. Sus dedos esqueléticos señalan una gruta en las montañas, tan oscura, tan sorda. El mago piensa en la humedad que debe haber allí. Porque hacia allí van.
Ya llegan. Ya están muy cerca... ya no hay humedad... ya no tengo frío...ya no estoy cansado... ya no me duelen los ojos...
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